06 de febrero, 2025.
Temprano en la mañana, por ahí de las 7:00 am, llegábamos a la plaza de Santo Domingo.
Tuvimos oportunidad de estacionar a la Pumita y caminar; no había prácticamente nadie. El día arrancaba lentamente. Las campanas de la iglesia acompañaban a las palomas con su vibración de hierro. Entramos a la iglesia de Santo Domingo. Andrea no soltaba la cámara, iba capturando el instante, casi sin parpadear.
Apreciamos el silencio, de capillas e imágenes de dolor, hasta topar con el Señor de los Rebozos, una escena desgarradora, cobijada bajo el milagro de una tela para vestir muy mexicana.
A la salida encontramos frente a frente al padre Arturo. Nos saludó como si nos hubiésemos visto desde siempre. Dijo que éramos madrugadores y nos regaló unas gotas, de lo que supuse, era agua bendita. Estaba caliente como té. También olía a hierbas. Me gustó tanto la sensación, que me la hunté detrás de las orejas, el cuello, y si me hubiese dado otro chorrito, hasta en los hombros me ponía. Nos dio su bendición.
Luego, nos dedicamos a grabar lo que consideramos el inicio de nuestro gran viaje.
¡Por fin salimos a la ruta!
